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Algunos hombres buenos

Hace unos años decidí comprar un terreno para crear un pequeño vivero y poder así plantar árboles con mis alumnos.

Plantar un árbol es uno de los gestos más simples y simbólicos que se puede hacer por el planeta. Llámame idealista.

Toda iba bien hasta que empezaron a torcerse las cosas.

Compré el terreno y empecé a llevar tiestos, tierra, unos contenedores para poder almacenar agua para el verano, etc. Con los primeros árboles que nacieron de aquel vivero pude llevar a cabo un pequeño proyecto en el Colegio María Torner, en Mompía, Cantabria.

Después de varios meses comenzaron a desaparecer plantas, contenedores…

El señor ladrón, en este caso pariente lejano de la señora necesidad, era amigo de la noche. Cual tuno universitario iba de ronda por mis escasas propiedades siempre a malas horas. Quizás por ello nunca tuvimos el gusto de conocernos.

Este caballero, no imagino dama en tales menesteres, unas veces tomaba prestado el armazón de hierro de un contenedor, seguramente con el deseo de venderlo “pá chatarra”, otras veces una caja de robles de valor cercano al sentimental, otras veces un contenedor de plástico…

Todas sus andanzas y fechorías fueron minando mi ánimo, hasta el extremo de estar en varias ocasiones a punto de abandonar el proyecto.

Triste comprar un terreno para plantar árboles y no poder plantar nada porque te lo roban.

Algunos me sugirieron cercar el prado. Buen consejo si no fuera por el importe de la obra. Ya no podía asumir más gastos después de comprar aquel terreno.

Sin embargo, el azar o el destino parecían querer responder a cada infortunio de forma especial. Me regalaban la visita de un hombre bueno.

Un día llegó un hombre de una empresa de mantenimiento de autovías. Me hizo el favor de plantar árboles de tamaño considerable delimitando el perímetros del terreno. A pesar de todo lo que se lo agradecí creo que hoy en día no es consciente del favor que me hizo. Como todo buen hombre es de honor nombrarlo. Se llama Pablo.

Después hubo más hurtos de contenedores de agua… Llegó el verano y no quedaba ni una sola gota con la que regar los árboles. Tuve que recoger todos los plantones que pude y llevármelos porque se secaban.

Las incursiones del señor ladrón no sólo se llevaban las escasas posesiones de aquel desdichado prado, sino que iban arrancando a pedazos también mi ilusión.

Hijo del cabreo, después del último robo, nació este cartel en mi huerto:

vivero-no-robar

Un tiempo después, el azar quiso volver a entrar en la partida y me envió otro hombre bueno.

Me dijo que sabía de mi historia por aquel cartel plastificado clavado en los límites del terreno (y de mi aguante) y me ofreció todos los contenedores de agua de la huerta de su padre que se estaba haciendo mayor. Se llama Oscar y como el anterior, también es de justicia nombrarlo. Algunas veces, de las peores situaciones salen las mejores amistades y éste es el caso de Oscar.

En esta historia ha habido más hombres de por medio. Hay algunos que sin saberlo se sumaron al proyecto de forma anónima y plantaron por su cuenta algún que otro árbol en el terreno. Seguramente con noble intención pero… Otros, también por sorpresa y de incógnito, tuvieron a bien “plantar” unas alpacas de paja en medio del prado. No sé si podría incluirlos en el listado de hombres buenos.

Y en esas estamos… 

El señor ladrón, por cierto, sigue pegando duro y sospecho que así seguirá  hasta que consiga cerrar totalmente el terreno.

Lo malo es que algunas veces no basta con algunos hombres buenos. Vale con uno malo pertinaz.

Quizás por esto hace un tiempo, para no perderme por el camino, pinté en el muro del jardín de casa un grafiti que rezaba; NEVER GIVE UP.

 

 

 

 

 

AGRADECIMIENTOS

Septiembre 2017. Agradecer a Marita, del Ayto de Camargo, su sensibilidad con el proyecto.

Octubre 2017. Agradecer a Belén y María, las chicas de la empresa http://www.sacoutil.com  su buena disposición para colaborar con el proyecto. No pudo ser pero os agradezco la empatía y la ilusión que le pusisteis.

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